Capítulo 3: Las ciencias del pensamiento distorsionado
La consulta del doctor Alcaraz, el médico de cabecera que había atendido los catarros de Jonás desde que la familia vivía en aquella aldea perdida cerca de Lalín, olía a alcohol de romero, a viales de vacunas y a papel de camilla. Era un espacio pequeño y familiar en el centro de Pontevedra, donde el viejo médico escuchaba los pulmones con un estetoscopio frío y apuntaba las recetas con una caligrafía temblorosa que solo los boticarios del barrio sabían descifrar. Aquella mañana, sin embargo, el doctor Alcaraz no parecía el hombre afable de siempre. Examinaba detalladamente el informe del Patrocinio de San José que parpadeaba en la pantalla de su ordenador, frunciendo el ceño con una palpable sensación de impotencia. —No te voy a engañar, Julián —le dijo al padre de Jonás, señalando los datos del monitor—. El chico sufrió un colapso psicomotor en toda regla. Espasmos rítmicos, rigidez y una pérdida de consciencia que duró casi cuatro minutos. Por los síntomas, no hay duda: parece ...