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Capítulo 3: Las ciencias del pensamiento distorsionado

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 La consulta del doctor Alcaraz, el médico de cabecera que había atendido los catarros de Jonás desde que la familia vivía en aquella aldea perdida cerca de Lalín, olía a alcohol de romero, a viales de vacunas y a papel de camilla. Era un espacio pequeño y familiar en el centro de Pontevedra, donde el viejo médico escuchaba los pulmones con un estetoscopio frío y apuntaba las recetas con una caligrafía temblorosa que solo los boticarios del barrio sabían descifrar. Aquella mañana, sin embargo, el doctor Alcaraz no parecía el hombre afable de siempre. Examinaba detalladamente el informe del Patrocinio de San José que parpadeaba en la pantalla de su ordenador, frunciendo el ceño con una palpable sensación de impotencia. —No te voy a engañar, Julián —le dijo al padre de Jonás, señalando los datos del monitor—. El chico sufrió un colapso psicomotor en toda regla. Espasmos rítmicos, rigidez y una pérdida de consciencia que duró casi cuatro minutos. Por los síntomas, no hay duda: parece ...

Capítulo 2: La rigidez del cemento fresco

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El aula de sexto de primaria del Patrocinio de San José conservaba por las tardes un aire viciado, saturado por el olor a tiza, el rastro de la calefacción de gasoil y el sudor de treinta muchachos confinados entre paredes de yeso verde. Don Elías, el profesor de matemáticas, dictaba un problema sobre trenes que se cruzaban en estaciones lejanas, mientras el arrastrar de su tiza contra la pizarra negra marcaba un compás monótono, casi adormecedor. Jonás, sin embargo, estaba bien despierto. Tenía los ojos fijos en el perfil de don Elías y el cuerpo tenso, con la misma rigidez de quien ve acercarse un coche sin frenos y no puede apartarse de la trayectoria. El desajuste comenzó en el paladar. Fue un crujido eléctrico sutil, una chispa fría que le trajo de golpe el sabor a metal y un zumbido agudo en el oído izquierdo. Entonces, la ráfaga lo golpeó. No vio el futuro a largo plazo; vio el instante siguiente con una nitidez espantosa. Supo que, en tres segundos, don Elías dejaría caer la ti...

Capitulo 1: El eco en la página cuarenta y cuatro

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 La biblioteca pública del Patrocinio de San José olía a madera vieja, a cera para suelos y a ese silencio denso, casi sólido, que precede a las tormentas de primavera. Jonás, que entonces acababa de cumplir los doce años, se refugiaba allí todas las tardes no por una temprana erudición, sino por pura supervivencia. Entre aquellas estanterías altas de metal gris y pasillos umbríos, el mundo exterior parecía detenerse. En la biblioteca no había esquinas imprevistas donde los hermanos gemelos pudieran arrinconarlo para buscar gresca, ni pasillos estrechos donde el eco del patio magnificara los insultos de Chico. Allí dentro, el peligro estaba contenido y encuadernado. Como lector adicto y metódico, Jonás había desarrollado un ritual invariable antes de abrir cualquier volumen: escrutaba la ilustración de la portada, fijaba el nombre del autor en la memoria y pasaba de inmediato a las páginas de cortesía para comprobar la bibliografía, buscando otros títulos que le permitieran intuir ...