Capítulo 3: Las ciencias del pensamiento distorsionado
La consulta del doctor Alcaraz, el médico de cabecera que había atendido los catarros de Jonás desde que la familia vivía en aquella aldea perdida cerca de Lalín, olía a alcohol de romero, a viales de vacunas y a papel de camilla. Era un espacio pequeño y familiar en el centro de Pontevedra, donde el viejo médico escuchaba los pulmones con un estetoscopio frío y apuntaba las recetas con una caligrafía temblorosa que solo los boticarios del barrio sabían descifrar.
Aquella mañana, sin embargo, el doctor Alcaraz no parecía el hombre afable de siempre. Examinaba detalladamente el informe del Patrocinio de San José que parpadeaba en la pantalla de su ordenador, frunciendo el ceño con una palpable sensación de impotencia.
—No te voy a engañar, Julián —le dijo al padre de Jonás, señalando los datos del monitor—. El chico sufrió un colapso psicomotor en toda regla. Espasmos rítmicos, rigidez y una pérdida de consciencia que duró casi cuatro minutos. Por los síntomas, no hay duda: parece epilepsia. Pero aquí consta en su ficha que Jonás recibió el protocolo completo en su infancia: fue vacunado con las tres dosis antiepilepsia reglamentarias. La Epil 1 a los tres años, la Epil 2 a los cinco, y la definitiva, la Epil 3, que era el recordatorio, a los siete. Su cerebro tendría que estar blindado.
El padre de Jonás asintió, conteniendo el aliento. La epilepsia había sido borrada de los manuales del mundo civilizado en el siglo pasado gracias a los célebres experimentos del doctor Xavier y sus incisiones micro-eléctricas.
—Entonces, ¿cómo es posible? —preguntó Julián.
—Solo cabe una explicación —dictaminó Alcaraz, ajustándose las gafas—. Una mutación del gen. Es algo extremadamente extraño, pero la literatura médica recoge que se han dado casos. El último de ellos se registró en Nueva Zelanda, pero fueron episodios muy aislados, localizados en gente rústica, comunidades muy apartadas de la civilización. Que le ocurra a Jonás, viviendo donde vivís, se me escapa por completo. Tenéis que ver a Menéndez, aquí en la ciudad. Es una eminencia en estos campos. Si alguien puede encontrar el origen de esta mutación, es él.
Tres días después, el contraste no pudo ser más radical. La clínica del doctor Menéndez ocupaba un edificio aséptico de líneas rectas y cristales ahumados. Al cruzar el umbral, el olor a salitre de la ría desapareció, sustituido por un aire acondicionado helado que olía sutilmente a ozono.
Los recibió una amable señorita llamada Tere. Con una sonrisa ensayada y voz suave, los guió a través de un pasillo silencioso iluminado por luces LED de un azul tenue y los introdujo en el despacho del doctor.
—El doctor Menéndez terminará enseguida con una videoconferencia —les dijo con extrema cortesía—. Pasen y esperen aquí un par de minutos, por favor.
La puerta se cerró con un clic magnético y limpio, dejándolos solos. Sin embargo, los dos minutos iniciales de cortesía prometidos por Tere se convirtieron de pronto en quince minutos de agobiante reloj. El despacho estaba dominado por una enorme mesa de cristal oscuro y un sillón de cuero negro de respaldo alto. El silencio allí dentro era espeso, casi artificial.
Para romper la pesadez de la espera, Julián se levantó de la silla y se acercó a la pared principal, justo la que quedaba a la espalda del sillón del médico. Jonás lo siguió con la mirada, arrastrando los pies, todavía algo torpe por el cansancio del aula.
Fue entonces cuando padre e hijo se quedaron asombrados ante la hilera de grandes títulos y diplomas enmarcados en madera noble y plata que cubrían el muro. Los textos, redactados en una tipografía gótica y solemne, utilizaban un lenguaje cripto-psiquiátrico que parecía diseñado para marcar una distancia insalvable con los pacientes.
Julián fue entornando los ojos para deletrear las acreditaciones de aquella eminencia: Catedrático en Dinámicas del Pensamiento Distorsionado, Doctorado de Excelencia en Fenomenología del Pensamiento Disgregado y Asincronías Cognitivas, Director de la Academia de Ciencias de las Desviaciones Sincrónicas de la Psique.
Él leía aquellos nombres pomposos con una mezcla de respeto provinciano y renovada esperanza, convencido de estar ante un científico capaz de obrar milagros. Jonás, en cambio, sintió que el pitido de su oído izquierdo regresaba. Mirar aquella pared blindada por la burocracia académica le produjo un escalofrío; intuyó que iba a ser examinado por alguien a quien no le importaba su miedo, sino su clasificación como anomalía.
Justo cuando los quince minutos de retraso empezaban a volverse insoportables, el pomo de la puerta giró. El doctor Menéndez entró en el despacho. Era un hombre enjuto, de movimientos medidos, que vestía una bata impecable y llevaba unas pequeñas gafas redondas tras las cuales se ocultaban unos ojos que apenas parpadeaban, fijos, con una intensidad antinatural que incomodaba desde el primer instante.
Al contrario de lo que denotaba su severo despacho, el médico entró disculpándose con una sonrisa mundana:
—Lamento mucho la tardanza —dijo, mientras rodeaba la gran mesa de cristal. Su voz tenía una modulación perfecta, casi sintética, tan carente de inflexiones emocionales que Julián no pudo evitar un pensamiento fugaz y absurdo: ¿sería aquel hombre un androide?—. La videoconferencia se ha retrasado por culpa de un ponente francamente pesado que no sabía cuándo terminar su intervención.
A continuación, se acomodó en su sillón de cuero negro, quedando perfectamente enmarcado por la constelación de sus diplomas académicos. Apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y, mirando a Julián y a Jonás con una parsimonia profesional, pronunció el típico:
—Bueno... ustedes dirán.
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