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Mostrando entradas de junio, 2026

Capítulo 3: Las ciencias del pensamiento distorsionado

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 La consulta del doctor Alcaraz, el médico de cabecera que había atendido los catarros de Jonás desde que la familia vivía en aquella aldea perdida cerca de Lalín, olía a alcohol de romero, a viales de vacunas y a papel de camilla. Era un espacio pequeño y familiar en el centro de Pontevedra, donde el viejo médico escuchaba los pulmones con un estetoscopio frío y apuntaba las recetas con una caligrafía temblorosa que solo los boticarios del barrio sabían descifrar. Aquella mañana, sin embargo, el doctor Alcaraz no parecía el hombre afable de siempre. Examinaba detalladamente el informe del Patrocinio de San José que parpadeaba en la pantalla de su ordenador, frunciendo el ceño con una palpable sensación de impotencia. —No te voy a engañar, Julián —le dijo al padre de Jonás, señalando los datos del monitor—. El chico sufrió un colapso psicomotor en toda regla. Espasmos rítmicos, rigidez y una pérdida de consciencia que duró casi cuatro minutos. Por los síntomas, no hay duda: parece ...

Capítulo 2: La rigidez del cemento fresco

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El aula de sexto de primaria del Patrocinio de San José conservaba por las tardes un aire viciado, saturado por el olor a tiza, el rastro de la calefacción de gasoil y el sudor de treinta muchachos confinados entre paredes de yeso verde. Don Elías, el profesor de matemáticas, dictaba un problema sobre trenes que se cruzaban en estaciones lejanas, mientras el arrastrar de su tiza contra la pizarra negra marcaba un compás monótono, casi adormecedor. Jonás, sin embargo, estaba bien despierto. Tenía los ojos fijos en el perfil de don Elías y el cuerpo tenso, con la misma rigidez de quien ve acercarse un coche sin frenos y no puede apartarse de la trayectoria. El desajuste comenzó en el paladar. Fue un crujido eléctrico sutil, una chispa fría que le trajo de golpe el sabor a metal y un zumbido agudo en el oído izquierdo. Entonces, la ráfaga lo golpeó. No vio el futuro a largo plazo; vio el instante siguiente con una nitidez espantosa. Supo que, en tres segundos, don Elías dejaría caer la ti...