Capítulo 2: La rigidez del cemento fresco
El aula de sexto de primaria del Patrocinio de San José conservaba por las tardes un aire viciado, saturado por el olor a tiza, el rastro de la calefacción de gasoil y el sudor de treinta muchachos confinados entre paredes de yeso verde. Don Elías, el profesor de matemáticas, dictaba un problema sobre trenes que se cruzaban en estaciones lejanas, mientras el arrastrar de su tiza contra la pizarra negra marcaba un compás monótono, casi adormecedor.
Jonás, sin embargo, estaba bien despierto. Tenía los ojos fijos en el perfil de don Elías y el cuerpo tenso, con la misma rigidez de quien ve acercarse un coche sin frenos y no puede apartarse de la trayectoria.
El desajuste comenzó en el paladar. Fue un crujido eléctrico sutil, una chispa fría que le trajo de golpe el sabor a metal y un zumbido agudo en el oído izquierdo. Entonces, la ráfaga lo golpeó. No vio el futuro a largo plazo; vio el instante siguiente con una nitidez espantosa. Supo que, en tres segundos, don Elías dejaría caer la tiza por accidente, que Chico soltaría una risita ahogada en la última fila y que el profesor, molesto por la distracción, se giraría hacia él, lo apuntaría con el dedo índice y le diría: «Jonás, ya que está usted en las musarañas, salga a resolver el problema». Supo también que, al levantarse con las piernas torpes, su rodilla tropezaría con la esquina del pupitre, el borrador caería al suelo y toda la clase estallaría en una carcajada limpia.
El sudor frío le brotó en las sienes. El pánico de Jonás no era el de un alumno rezagado; era un terror existencial muy antiguo.
Su mente, espoleada por la angustia, viajó de golpe cinco años atrás, a los pasillos de ese mismo colegio, pocas semanas antes de hacer la Primera Comunión. Aquella tarde de sus siete años había sido el primer aviso serio, la primera vez que la certeza del segundo siguiente se manifestó con una crudeza insoportable. En mitad de la clase de lengua, una ráfaga idéntica le había mostrado el desastre: la profesora negándole el permiso para ir al aseo, la rigidez del aula y la humillación absoluta de hacerse caca encima frente a las miradas crueles de los demás niños.
Recordaba con perfecta claridad la mañana siguiente. Se había plantado en la cocina, aferrado a la bata de su madre, negándose a ponerse los zapatos para ir al colegio, con el pecho ensanchado por el aire de la angustia. Su madre lo había mirado con una mezcla de lástima y fatiga mientras preparaba el desayuno.
—¿Has ido ya al baño? Hazlo ahora, y así irás más tranquilo al cole —le había dicho con tono práctico, pasándole una mano por la frente.
—Pero ahora no tengo ganas, mamá... —había respondido él, con la voz rota—. No puedo ir hoy, por favor. Sé lo que va a pasar. La señorita no me va a dejar salir y me voy a hacer caca en los pantalones. Lo sé seguro.
Su madre, lógicamente, atribuyó el llanto a los nervios de la catequesis o a una pesadilla nocturna especialmente vívida, y lo mandó a clase de todos modos. Pero en el aula el destino se cumplió de forma inexorable, sin cambiar una sola coma. La negativa de la profesora fue idéntica, el calor de la vergüenza fue el mismo y Jonás acabó haciéndose caca encima ante el escarnio de los gemelos y de Chico, cuyas risas resonaron exactamente en los mismos tonos graves que su mente había anticipado. Aquel día, Jonás comprendió que el futuro inmediato era como el cemento fresco; una vez que aparecía en su cabeza, la realidad se endurecía tan rápido que era imposible no dejar la huella en el suelo.
—...salga a resolver el problema —la voz de don Elías lo trajo de vuelta al presente con la violencia de un hachazo.
El profesor lo apuntaba con el dedo. En el suelo, la tiza rota acababa de rodar hasta la tarima. En la última fila, Chico ya sonreía. El muelle del destino se había soltado.
Esta vez, sin embargo, el instinto de aventura de Jonás, ese impulso rebelde que su propia cautela intentaba estrangular a diario, se revolvió dentro de él. Decidió no levantarse. Decidió forzar el timón de la realidad, quedarse clavado en la silla y romper la secuencia de la rodilla, el borrador y la risa colectiva. Iba a ser rebelde de sí mismo.
El esfuerzo fue sobrehumano. Físicamente, sintió como si intentara detener la marcha de un tren subterráneo metiendo las manos desnudas entre los engranajes. Las dos frecuencias de su mente —la que ya había vivido la caída del borrador y la que intentaba retener el cuerpo en el asiento— colisionaron en una estática insoportable.
La resistencia de la realidad se tradujo en un espasmo violento. Una arcada seca, profunda, le sacudió el estómago desde el centro del pecho. Las manos le empezaron a tabletear contra el pupitre de madera con una vibración rítmica, un temblor psicomotor incontrolable que arrastró el tintero y los cuadernos.
—¡Jonás! —exclamó don Elías, dando un paso atrás, asustado por la rigidez súbita del muchacho.
Jonás no pudo responder. El aula empezó a dar vueltas, desdibujándose en un torbellino de luces halógenas y rostros borrosos. Lo último que registró antes de que el desvanecimiento total lo arrastrara hacia la negrura fue el sonido sordo de su propio cuerpo cayendo de lado contra las baldosas gastadas del suelo.
Dos semanas más tarde, la penumbra de la clínica del doctor Menéndez ofrecía un contraste gélido con el recuerdo del aula. El laboratorio estaba dominado por pantallas táctiles que emitían un zumbido imperceptible y luces LED de un azul tenue que bañaban las superficies asépticas.
El doctor Menéndez examinaba los primeros informes neurográficos con una mezcla de escepticismo y profunda extrañeza. El primer diagnóstico que cruzó la mente del especialista fue el de un brote severo de epilepsia del lóbulo temporal, pero la sola idea desafiaba la historia médica oficial. La epilepsia había quedado completamente erradicada en el siglo pasado gracias a los célebres experimentos del doctor Xavier, quien mediante incisiones micro-eléctricas en el lóbulo parietal y el mesencéfalo izquierdo había logrado suprimir de forma permanente los focos sincrónicos del cerebro humano. Desde entonces, la enfermedad era un fantasma del pasado, un término de enciclopedia del que no se habían vuelto a registrar nuevos casos en la población civil.
Menéndez ajustó los sensores de la diadema pericraneal sobre las sienes de Jonás, fijándolos con un gel conductor que le congeló la piel.
—Un colapso psicomotor de esta naturaleza es inadmisible en un cerebro limpio, Menéndez —comentó el neurólogo jefe, observando los gráficos de fluctuación eléctrica que empezaban a registrarse en el monitor—. Si no es un foco catatónico residual, estamos ante una anomalía que la ciencia de nuestro tiempo no contempla.
Jonás, sentado en el sillón clínico con los cables colgándole del cuello, miró las pantallas. En el paladar, muy tenue, volvió a notar el sabor a metal.
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