Capitulo 1: El eco en la página cuarenta y cuatro
La biblioteca pública del Patrocinio de San José olía a madera vieja, a cera para suelos y a ese silencio denso, casi sólido, que precede a las tormentas de primavera. Jonás, que entonces acababa de cumplir los doce años, se refugiaba allí todas las tardes no por una temprana erudición, sino por pura supervivencia. Entre aquellas estanterías altas de metal gris y pasillos umbríos, el mundo exterior parecía detenerse. En la biblioteca no había esquinas imprevistas donde los hermanos gemelos pudieran arrinconarlo para buscar gresca, ni pasillos estrechos donde el eco del patio magnificara los insultos de Chico. Allí dentro, el peligro estaba contenido y encuadernado.
Como lector adicto y metódico, Jonás había desarrollado un ritual invariable antes de abrir cualquier volumen: escrutaba la ilustración de la portada, fijaba el nombre del autor en la memoria y pasaba de inmediato a las páginas de cortesía para comprobar la bibliografía, buscando otros títulos que le permitieran intuir el universo en el que estaba a punto de ingresar.
Aquella tarde de martes, un volumen de lomo azul noche y tacto rugoso le llamó la atención desde el estante de las novedades. En letras de molde limpias, plateadas, se leía: Crónicas del plano secundario, de un tal H. L. Sampedro. Jonás repasó las letras con la yema del pulgar. El nombre del autor no figuraba en su mapa mental de lecturas habituales. Al abrirlo, comprobó que no había solapas ni datos biográficos. Solo el texto, desnudo.
Se llevó el libro a la mesa del fondo, la más apartada, justo bajo el flexo de luz halógena que parpadeaba con un leve zumbido eléctrico que los ujieres prometían arreglar cada semana. Se acomodó en la silla de madera, abrió el ejemplar por la página cuarenta y tres y comenzó a leer.
Al principio, la prosa avanzaba con la cadencia seca de una novela de psicología-ficción de la época: una narración contenida sobre hombres que habitaban existencias simultáneas, frecuencias de radio que operaban en la periferia de la consciencia humana. Pero al llegar al tercer párrafo, el ritmo de su respiración se alteró. El texto describía a un muchacho que vivía en un estado de alerta perpetuo, un chico que caminaba por la vida con pies de plomo porque, de vez en cuando, el futuro inmediato se le revelaba en ráfagas breves y violentas.
Jonás contuvo el aliento. El personaje de la novela evitaba subir a una bicicleta porque sabía, con una certeza espantosa, que en la siguiente curva la rueda delantera patinaría sobre una piedra exacta y se rompería la frente. El personaje prefería bajarse, caminar al lado del manillar y contemplar la piedra con el corazón desbocado, sintiéndose un viejo cauteloso atrapado en el cuerpo de un niño, frustrado por haber renunciado a la aventura a cambio de la seguridad.
A Jonás le empezó a pitar el oído izquierdo. Un sudor frío, pastoso, le brotó en el nacimiento del pelo.
«Eso es mío», pensó, y el libro comenzó a pesarle en las manos como si estuviera hecho de plomo. «Eso me pasó a mí el verano pasado en la cuesta de la Corva».
Quiso achacarlo a una coincidencia macabra, a esa clase de literatura que a veces parece adivinar los miedos del lector, pero fue al llegar al final de la página cuarenta y tres cuando el mecanismo de su cuerpo se rompió por completo.
No fue un mareo común. Fue una sacudida psicomotora violenta, un espasmo seco que le subió desde el paladar hasta la base del cráneo, dejándole un intenso sabor metálico en la boca. Antes de que sus dedos rozaran la esquina del papel para pasar la hoja, antes de que sus ojos bajaran a la primera línea de la página cuarenta y cuatro, Jonás supo.
No es que lo imaginara o lo dedujera: su mente ya estaba allí. Supo que el texto de la página siguiente describiría una consulta médica, un examen clínico donde unos cables fríos se pegaban a las sienes del protagonista para medir sus "potenciales predictivos". Supo que la primera frase de la vuelta de hoja terminaba exactamente con la palabra «desolación».
Pasó la página con los dedos rígidos, temblando.
Allí estaba. Letra por letra. Coma por coma. La palabra «desolación» cerraba el primer párrafo bajo el número cuarenta y cuatro.
—No puede ser —susurró. Su propia voz le llegó amortiguada, extraña, como si la hubiera pronunciado otro en una habitación contigua.
La necesidad de comprender lo empujó a devorar el siguiente párrafo, pero la maquinaria se detuvo en seco. La página cuarenta y cinco volvió a ser un territorio completamente a oscuras, un muro de tinta indescifrable. El fenómeno no era lineal; su mente y la del tal Sampedro no avanzaban a la misma velocidad. Era un desajuste de frecuencias, una interferencia radiofónica donde, por un instante, el dial se había movido para traerle el eco de lo que venía después, para luego devolverlo a la ceguera del presente.
El temblor de su mano izquierda se volvió rítmico, un tableteo involuntario contra la madera de la mesa que terminó por tirar el estuche de plástico al suelo. El ruido de los lápices desparramados sonó como una detonación en el silencio de la biblioteca. Jonás ni se agachó a recogerlos. Una angustia existencial, opresiva, le encogió el estómago en una arcada seca que no venía del aparato digestivo, sino del esfuerzo sobrehumano de su cerebro por procesar dos instantes a la vez.
Aquel libro no era una novela de evasión. Era un espejo prohibido, un manual médico imposible que describía, con una precisión quirúrgica, la anomalía que él llevaba años ocultando.
Se acordó de su padre. Se acordó de la única vez, a los ocho años, que intentó ponerle palabras a ese peso tras esquivar el empujón de los gemelos en el patio del colegio porque lo había visto suceder un segundo antes. «Cosas de la edad, Jonás», le había respondido su padre sin levantar la vista del periódico, con ese desdén pragmático de los adultos que confunden el miedo con las musarañas. «Tienes demasiada imaginación. Anda, vete a jugar y deja de pensar en rarezas». Ese portazo familiar lo había convertido en un islote, obligándolo a levantar una muralla de cautela a su alrededor. Había aprendido a callar para que no lo trataran como a un enfermo o un mentiroso.
Y ahora, un extraño llamado H. L. Sampedro ponía por escrito su calvario más íntimo.
Casi sin respirar, Lucas cerró el volumen de golpe, lo apretó contra el pecho sintiendo el crujido de las tapas nuevas y se levantó de la mesa. Caminó con el paso vacilante de un sonámbulo hacia el mostrador de recepción. La encargada, una mujer de mediana edad con gafas de lectura colgadas del cuello, anotaba algo en un cuaderno.
—Perdone —dijo Jonás, esforzándose para que no se le notara el temblor de la mandíbula—. Este libro... las Crónicas de Sampedro... ¿Cuándo llegó a la biblioteca? Sé que lo he leído antes, pero no logro recordar en qué otra edición.
La mujer dejó el bolígrafo, arqueó las cejas con esa indiferencia funcionarial tan propia del lugar y tecleó el título en la pantalla táctil del terminal. Tras un par de parpadeos del monitor, negó con la cabeza.
—Imposible, rapaz. Estás confundido. Es una novedad editorial absoluta. Entró el viernes de la distribuidora y eres el primer usuario que abre la ficha de préstamo. Fíjate en el lomo, si es que el papel aún huele a prensa.
A continuación la señora Pertinaz —Lucas la conocía desde hacía tiempo, aunque ignoraba su nombre de pila— soltó una risotada que no venía a cuento, al menos según el estado de ánimo que el muchacho arrastraba; y eso que él era siempre muy respetuoso con la forma de comportarse de los mayores, aunque en este caso, la señora Pertinaz no tendría muchos más años que los que él mismo contaba.
Lucas bajó la mirada hacia el libro. El olor a tinta fresca y a pegamento reciente era innegable. No era un texto antiguo rescatado del olvido; se había impreso hacía apenas unas semanas en alguna imprenta lejana.Salió de la biblioteca a la carrera, dejando atrás los lápices olvidados bajo la mesa y el flexo parpadeante. Mientras cruzaba el umbral hacia la luz grisácea de la tarde, el pánico se le instaló en el pecho como un parásito. Jonás no podía comprender la naturaleza de lo que le ocurría; no sabía si se trataba de una maldición, de una enfermedad mental que empezaba a devorarlo o de una macabra broma del destino. Solo sentía el peso del volumen bajo el brazo y una certeza terrible: aquel libro era la prueba de que su secreto ya no le pertenecía. Alguien llamado H. L. Sampedro había entrado en su mente, y Lucas, aterrado y completamente solo en el mundo, supo que a partir de esa tarde cada uno de sus pasos ya estaba escrito una página antes de que él pudiera darlos.
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